Hay algo más que quiero compartir, porque hablar de salud mental desde fuera es una cosa, pero vivirla en carne propia es algo completamente diferente.
Quiero hablar desde mi experiencia, desde lo que soy y desde una realidad que forma parte de mi vida: vivir con trastorno bipolar.
Y quiero ser honesto: a veces, ni siquiera yo consigo aplicar los consejos que comparto. No siempre sé cómo manejar lo que siento, no siempre encuentro las palabras para explicar lo que me pasa y, en ocasiones, me resulta más fácil alejarme de las personas que me quieren que sentarme a explicarles lo que está sucediendo dentro de mí.
A veces me encierro en mí mismo. Me alejo, guardo silencio o dejo de responder, incluso cuando sé que hay personas que se preocupan por mí y que solamente quieren verme bien. No necesariamente porque haya dejado de quererlas o porque no valore lo que hacen por mí, sino porque hay momentos en los que ni yo mismo entiendo lo que estoy sintiendo y no sé cómo expresarlo.
Vivir con trastorno bipolar es parte de mi realidad, aunque eso no significa que todo lo que siento se explique por mi diagnóstico. Hay momentos en los que quisiera poder manejar mejor mis emociones, ordenar mis pensamientos y explicarles a quienes me rodean que, aunque me aleje, eso no significa que no me importen.
Y sé que, desde fuera, mi comportamiento puede ser difícil de entender. Quizá alguien se pregunte por qué me alejo si tiene la intención de ayudarme, por qué no hablo si tiene la disposición de escucharme o por qué me cuesta aceptar el cariño que, en el fondo, también necesito.
No tengo todas las respuestas. Estoy aprendiendo, como muchas otras personas, a conocerme, a reconocer mis límites y a entender que pedir ayuda no me hace menos fuerte.
Por eso no quiero que estas palabras se interpreten como si yo tuviera la fórmula para afrontar la salud mental. No la tengo. Sería hipócrita decir que siempre hago lo correcto cuando también tengo mis propias contradicciones, mis días difíciles y mis maneras de afrontar las cosas que quizá no sean las mejores.
Pero que a veces no consiga aplicar lo que digo no significa que no lo crea. Significa que también soy humano, que también estoy aprendiendo y que hay batallas que no siempre sé cómo enfrentar.
Las personas sí pueden hacer la diferencia
Precisamente desde ese lugar quiero decir algo que considero importante: aunque a veces me resulte más fácil alejarme de quienes me quieren, aunque en ocasiones no sepa pedir ayuda y aunque no siempre consiga explicar lo que pasa por mi mente, quiero dejar claro que las personas sí pueden hacer un cambio.
Ustedes pueden hacer una diferencia en la vida de quienes, como yo, a veces sentimos que no tenemos el control de nuestra propia mente. No porque tengan la obligación de salvarnos ni porque sean responsables de nuestros problemas, sino porque la comprensión, la paciencia y el cariño pueden hacer que una persona se sienta menos sola mientras intenta encontrar la manera de estar mejor.
A veces, no necesitamos que alguien nos dé un discurso ni que intente solucionar todo lo que nos pasa. A veces necesitamos que alguien nos pregunte cómo estamos sin exigirnos una respuesta perfecta. Que nos recuerde que sigue ahí, incluso cuando nos cuesta hablar. Que nos haga saber que podemos tomarnos un tiempo para ordenar nuestros pensamientos sin sentir que, por hacerlo, estamos perdiendo a las personas que queremos.
También es importante entender que acompañar no significa perseguir a alguien que necesita espacio, soportar cualquier comportamiento o abandonar nuestra propia salud emocional. Significa aprender a estar presentes con respeto, establecer límites sanos y buscar ayuda cuando sea necesario.
Si alguna vez me he alejado de alguien que me quiere, no quiero utilizar mi condición como una excusa para lastimar a los demás. Quiero reconocer que es algo que me sucede y que también tengo cosas que aprender y trabajar. Porque la salud mental merece comprensión, pero también merece responsabilidad, acompañamiento y oportunidades para crecer.
Detrás de una pantalla también hay personas
Todo esto me hace pensar todavía más en lo que ocurre en las redes sociales.
Me duele ver lo fácil que es para algunas personas burlarse de alguien, convertir su sufrimiento en un chiste o lanzar comentarios crueles sin detenerse a pensar en las consecuencias. Como si detrás de una pantalla no hubiera personas que sienten, que se equivocan, que atraviesan problemas y que, en ocasiones, están haciendo un esfuerzo enorme simplemente por seguir adelante.
No sabemos qué está viviendo alguien cuando termina una transmisión, cuando deja de publicar o cuando se desconecta de internet. No sabemos qué conversaciones tiene consigo mismo, qué preocupaciones guarda en silencio o cuánto le cuesta levantarse algunos días.
Por eso, lo que ha ocurrido con Carlos Mauricio Gómez, conocido como El Komanche, me hace reflexionar sobre la importancia de tratar estos temas con respeto. No pretendo conocer las razones de lo sucedido ni señalar culpables; eso no me corresponde. Pero sí creo que podemos aprovechar este momento para preguntarnos qué clase de comunidad estamos construyendo y qué estamos aportando a la vida de los demás.
Me duele pensar en las veces que una persona puede convertirse en el blanco de burlas, críticas despiadadas o ataques colectivos, mientras miles de usuarios opinan sobre su vida sin conocer realmente su historia.
No tenemos que ser amigos de todo el mundo. No tenemos que estar de acuerdo con todas las personas. Tampoco tenemos que justificar los errores de nadie. Pero podemos aprender a discrepar sin humillar, a criticar sin destruir y a reconocer que una persona es mucho más que sus peores momentos.
No sabemos cuánto puede pesar una palabra cruel en alguien que ya está luchando con sus propios pensamientos. Tampoco sabemos cuánto puede ayudar una palabra amable a alguien que se siente solo.
No digo que un mensaje pueda resolver por sí solo una enfermedad, una crisis o un problema emocional. Lo que sí digo es que podemos contribuir a que las personas encuentren espacios donde no tengan que esconder lo que sienten por miedo a ser juzgadas.
A veces también nos alejamos de quienes nos quieren
Quiero que esto también sea un recordatorio para quienes, como yo, a veces se alejan de las personas que más los quieren: no tenemos que atravesarlo todo en silencio.
Podemos aprender a decir: «No estoy bien», «necesito un poco de espacio, pero te agradezco que estés aquí» o «no sé cómo explicar lo que siento, pero necesito que me escuches».
No siempre nos saldrá bien. Habrá días en los que nos cueste más que en otros. Pero eso no significa que no podamos intentarlo.
Y para quienes tienen cerca a alguien que está pasando por algo parecido, tengan paciencia, pregunten cómo pueden ayudar y recuerden que no tienen que hacerlo todo solos. Animar a alguien a buscar apoyo profesional también es una forma de quererlo.
Querer a alguien no siempre significa comprender todo lo que está viviendo. A veces significa estar dispuesto a escuchar, respetar sus tiempos y recordarle que no tiene que encontrar todas las palabras para merecer compañía.
La salud mental no debería ser motivo de burla
Hoy no escribo como alguien que ya superó sus dificultades ni como alguien que sabe exactamente cómo actuar ante cada situación. Escribo como una persona que vive con trastorno bipolar, que reconoce sus propias contradicciones y que desea que la salud mental deje de ser un tema del que solamente hablamos cuando ocurre una tragedia.
Quiero que entendamos que detrás de cada usuario, de cada creador de contenido y de cada persona con la que nos cruzamos hay una vida que no conocemos por completo.
Por eso, me gustaría que dejáramos de utilizar la salud mental como insulto, que dejáramos de llamar a las personas «locas» para desacreditarlas y que entendiéramos que un diagnóstico no define el valor de nadie. Tener un trastorno mental no te hace menos persona, no te quita dignidad y tampoco significa que seas débil.
Pedir ayuda no es una vergüenza. Hablar de lo que sentimos no es una debilidad. Y necesitar apoyo no nos hace menos valiosos.
No tenemos que ser profesionales para ofrecer compañía, pero sí debemos reconocer cuándo una situación requiere ayuda especializada. Podemos escuchar, acompañar y ayudar a buscar apoyo sin asumir la responsabilidad de resolverlo todo por nuestra cuenta.
Todos podemos aportar algo
Tal vez no podamos cambiar el mundo entero. Tal vez no podamos comprender todas las batallas de los demás. Pero sí podemos decidir qué hacemos con nuestras palabras, qué tipo de comentarios publicamos y qué actitud adoptamos cuando alguien nos muestra su vulnerabilidad.
Ustedes pueden hacer un cambio. No tienen que tener todas las respuestas; a veces basta con no añadir más dolor al que alguien ya está intentando soportar.
Un mensaje puede parecer pequeño. Una llamada puede parecer insignificante. Un «¿cómo estás de verdad?» puede tomar apenas unos segundos. Pero nunca sabemos cuánto puede significar para alguien sentirse escuchado, acompañado y tomado en serio.
No esperemos a que ocurra una tragedia para hablar de depresión, ansiedad, trastorno bipolar o cualquier otra condición de salud mental. No esperemos a perder a alguien para aprender a escuchar. No esperemos a que una persona se quiebre para preguntarnos si hemos sido parte de aquello que le hizo más difícil su camino.
Y si eres una persona que, como yo, a veces siente que su mente se convierte en un lugar difícil de habitar, quiero decirte que no tienes que fingir que todo está bien. Mereces ser escuchado, mereces recibir ayuda y mereces tener la oportunidad de aprender a vivir mejor con lo que estás atravesando.
Yo también sigo aprendiendo. También tengo momentos en los que me cuesta acercarme, hablar y dejar que otros me acompañen. No siempre aplico lo que escribo, pero quiero creer que podemos mejorar, que podemos aprender a pedir ayuda y que podemos construir relaciones en las que el cariño no tenga que demostrarse solamente cuando todo está bien.
Porque al final, de eso se trata: de recordar que somos personas, que cometemos errores, que tenemos límites y que nadie debería tener que demostrar cuánto está sufriendo para recibir un poco de humanidad.
Una reflexión para cerrar
Seamos más conscientes de lo que decimos. Seamos más pacientes con quienes queremos. Y aprendamos a cuidarnos sin olvidar que nosotros también necesitamos cuidado.
No escribo esto para dar lecciones de vida ni porque crea tener todas las respuestas. Lo escribo porque soy una persona que vive con trastorno bipolar, porque la salud mental es algo que me toca personalmente y porque me entristece ver cuánto daño podemos hacernos unos a otros cuando olvidamos que detrás de cada perfil hay un ser humano.
Ojalá aprendamos a cuidarnos más. Ojalá dejemos de normalizar la crueldad. Ojalá entendamos que nunca sabemos qué está viviendo alguien cuando cierra su computadora o apaga su teléfono.
Y si hoy tienes a alguien en mente, escríbele. Pregúntale cómo está. Escúchalo. Hazle saber que su presencia importa.
Y si eres tú quien necesita escuchar esas palabras, quiero recordarte algo: tu vida importa, tu dolor merece ser escuchado y no tienes que demostrarle a nadie que estás sufriendo para merecer apoyo.
Con respeto, desde mi experiencia y desde una lucha que todavía sigo aprendiendo a comprender.
— soybienserio


